La primera vez

foto: Kariavz (Karina)
Recuerdo a mi profesora de literatura: Rocío Marineé. Era alta, esquelética, pelo rizado teñido de rojo; usaba lentes grandes con lunas rojizas, y por eso la apodábamos «La Mosca». Tenía la manía de examinarse las manos, los dedos, de limarse las uñas y quitarse las cutículas con una pinza. Escribía poemas en un cuaderno que guardaba con recelo. Contaba los argumentos con efusión, sin accionar ni dramatizar; solo desde su escritorio. Casi al finalizar el último año, el colegio realizó una especie de Juegos Florales en el que era obligatorio participar. Nos dieron las dos primeras horas para escribir un cuento o un poema; cualquier cosa. Lógicamente yo no sabía qué escribir. Jamás había escrito nada. Siempre copiaba de los libros, de mis amigos. La primera hora no hice más que pensar qué escribir. Después de merodear en la nada me decidí por un cuento. La historia era cursi, obviamente, pero violenta. Era la de un muchacho que amenazaba a su novia con suicidarse si lo dejaba. La pobre ya no sabía qué más hacer: quería terminarlo a como dé lugar sin sentirse culpable. Cuando discutían el muchacho se hacía daño. Llegó dos veces a cortarse el antebrazo con un cuchillo y para que nadie viera sus cortes se vendaba; incluso una vez su mamá le preguntó qué le había pasado. El muchacho se quitó la venda y su mamá se pasmó. «¡Qué te ha pasado!» «¡Quién te hizo eso!», le recriminó. Él le dijo que sus amigas lo habían arañado jugando, que no era grave. Y aunque su mamá no le creyó del todo, no le dijo nada más. En otra ocasión se rascó la piel con sus llaves hasta causarse herida. Sin embargo, a pesar de sus amenazas, de su masoquismo y sadismo, la chica lo dejó, y él evidentemente jamás se suicidó. Al cuento lo titulé indignamente Suicidio. A lo mejor por aquel título deprimente llamé la atención del jurado, es decir, de mis profesores, entre ellos la profesora Marineé que me invitó a participar de un taller que pensaba formar en su casa, aunque este último nunca se llevó a cabo. Cuando me dijeron que había quedado en segundo lugar, me dirigí a la oficina de la subdirectora a pedido formal de esta. La subdirectora me felicitó, sosteniendo el cuento entre sus manos. Me dijo que le había gustado; le parecía interesante, pero no dudó en preguntarme por qué había escrito sobre el suicidio. «¿Tienes problemas?», preguntó preocupada. Respondí que solo era ficción. La subdirectora, bastante incrédula, me volvió a felicitar. Por dentro pensé en Sofía, en que aquel cuento lo había escrito por ella y para ella, aunque nunca lo iba a saber pues ya nos habíamos separado, es decir, me había terminado. Antes de mandarme de regreso a clases la subdirectora me dijo que si tenía algún tipo de problema ella estaba allí para ayudarme. Asentí y me fue. Como premio la profesora Marineé me regaló El jugador, de Fedor Dostoievski, que nunca terminé de leer. —Entonces a partir de allí escribes —me preguntaron el otro día. Respondí que sí.
René Llatas Trejo
